El legendario líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota falleció a los 77 años en su casa de Parque Leloir. Tras una larga y pública batalla contra la enfermedad de Parkinson, su partida genera un vacío irreparable y desata el duelo nacional en el mundo del rock.
El rock nacional argentino y la cultura popular acaban de sufrir el impacto más profundo de su historia reciente. Carlos Alberto “El Indio” Solari, el enigmático y colosal cantante, compositor y líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, falleció durante la mañana de este viernes a los 77 años. La confirmación de su deceso, ocurrido en su residencia privada de la localidad bonaerense de Ituzaingó, en la zona de Parque Leloir, paralizó por completo al país y desató una inmediata ola de conmoción en las redes sociales y los medios de comunicación, que comenzaron a despedir a la figura que redefinió los límites de la masividad en la música latinoamericana.
De acuerdo con las primeras informaciones judiciales emanadas de la Unidad Funcional de Instrucción Número Dos de Ituzaingó, el cuerpo médico y las autoridades policiales labraron las actuaciones correspondientes bajo la carátula de averiguación de causales de muerte, un procedimiento de rutina que, según fuentes de la fiscalía interviniente, no arroja ningún elemento sospechoso fuera de la evolución natural del cuadro crónico de salud que padecía el artista. El Indio Solari venía lidiando desde hacía muchos años con un diagnóstico severo de la enfermedad de Parkinson, dolencia que él mismo había revelado ante sus fieles seguidores durante un recordado concierto en Tandil y que, con el paso del tiempo, lo había obligado a retirarse de los escenarios presenciales para refugiarse en la intimidad de su estudio de grabación Luzbola.
La gestación del mito contracultural de los Redondos
La huella imborrable del Indio Solari en la identidad argentina comenzó a forjarse a mediados de la década de 1976 en la ciudad de La Plata, donde junto al guitarrista Skay Beilinson y la mánager Carmen “La Negra” Poli dio vida a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Lo que nació como un colectivo artístico nómade, caracterizado por performances teatrales y una profunda impronta contracultural en los sótanos de la última dictadura militar, se transformó de manera paulatina en un fenómeno social sin precedentes en la historia de la música global.
A través de nueve álbumes de estudio que se convirtieron en el manual de cabecera de varias generaciones, el grupo construyó una mística inquebrantable basada en la autogestión, la independencia absoluta de las corporaciones discográficas y una lírica críptica pero profundamente ligada a las realidades de las barriadas populares. El clímax de aquella masividad arrolladora se materializó en el año 2000, cuando la banda logró llenar en dos oportunidades consecutivas el Estadio Monumental de River Plate, consagrando lo que el propio Solari denominaba “el pogo más grande del mundo”. La disolución de la banda en 2001, signada por tensiones internas y disputas por el control del material audiovisual, no hizo más que agigantar el mito que hoy entra definitivamente en la inmortalidad.
El mesías de las misas ricoteras y su etapa solista
Tras el traumático quiebre de Los Redondos, Solari no se replegó en el silencio. Al mando de su nueva banda de apoyo, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, el cantante editó cinco discos de estudio de notable factura técnica y multiplicó exponencialmente el milagro de sus convocatorias. Las denominadas “misas ricoteras” mudaron su geografía hacia el interior del país, transformando pequeñas localidades como San Martín en Mendoza, Gualeguaychú, Tandil u Olavarría en epicentros de peregrinación civil, donde más de 150.000 personas se daban cita para comulgar bajo el influjo de su voz.
La partida del Indio Solari marca el fin de una era para la cultura argentina. Su figura, siempre esquiva a las cámaras, celosa de su intimidad y rodeada de un aura de misterio casi religioso, encarnó como nadie el grito de libertad y resistencia de los sectores populares. Mientras la fiscalía termina de definir los detalles administrativos de rigor, millones de fanáticos en todo el país comienzan a asimilar la triste realidad de que la voz que acompañó sus vidas se ha apagado físicamente, dejando como legado una obra artística descomunal y un fenómeno socio-cultural que difícilmente vuelva a repetirse en suelo argentino.
