Los arquitectos del cepo cambiario, el polémico sistema SIRA y el “Plan Platita” volvieron a subirse a los escenarios del análisis económico y político. Lo hacen con una llamativa falta de autocrítica: sin explicar cómo una gestión que pulverizó las reservas, llevó la inflación a récords históricos y dejó una economía hiperregulada pretende transformarse ahora en la brújula del futuro argentino.

En los últimos días, las pantallas de televisión, las conferencias empresariales y las roscas políticas volvieron a poblarse con los rostros del último experimento económico del peronismo. Funcionarios, exfuncionarios, operadores y dirigentes del riñón de Sergio Massa reaparecieron públicamente para explicar qué debería hacer el país, cuáles son los errores del actual Gobierno y qué recetas mágicas traerían la estabilidad y el crecimiento.

La puesta en escena tendría lógica en cualquier país normal, si no fuera por un detalle: esos mismos nombres fueron los que manejaron el barco económico en el tramo final del gobierno de Alberto Fernández. Una gestión que bajó la persiana con una inflación anual que superó el 200%, reservas netas en rojo, un mercado cambiario detonado y los índices de pobreza más alarmantes de las últimas décadas.

Discrecionalidad y la botonera del poder

El paso de Massa por el Palacio de Hacienda quedó sellado como un modelo basado en el control absoluto, la regulación asfixiante y la discrecionalidad. Bajo su ala, el cepo cambiario escaló a niveles asfixiantes, obligando a las empresas a peregrinar por un laberinto burocrático infernal para acceder a un solo dólar.

El emblema de esa época fue el sistema SIRA. Presentado en los papeles como una herramienta para “ordenar” el comercio exterior, terminó siendo fuertemente cuestionado por empresarios, cámaras industriales y especialistas debido a la descomunal concentración de poder que otorgaba a un puñado de funcionarios.

Ese diseño generó un mapa de ganadores y perdedores:

  • Los beneficiados: sectores que lograban luz verde para importar de forma exprés y accedían al dólar oficial.
  • Los postergados: empresas que acumulaban meses de promesas y esperas, viéndose empujadas a cotizaciones alternativas mucho más caras para no frenar su producción.

La economía dejó de responder a las reglas del mercado y pasó a depender exclusivamente del dedo de la administración pública.

La fiesta de la emisión y la realidad paralela

Para apuntalar la candidatura presidencial de 2023, el Palacio de Hacienda activó una maquinaria de gasto expansivo sin precedentes, popularizada como el “Plan Platita”. Bonos de emergencia, programas especiales y una emisión monetaria descontrolada fueron la apuesta final para torcer el humor electoral en medio de una crisis galopante.

El desenlace es historia conocida: Massa perdió las elecciones, la inflación se espiralizó, las reservas tocaron fondo y la estructura de controles quedó herida de muerte, lista para estallar pocos meses después.

Sin embargo, el recelo de la sociedad ante el regreso de estos dirigentes no es solo técnico; es fundamentalmente moral.

Esos años estuvieron marcados por un desfile constante de escándalos políticos, sospechas en el manejo de fondos públicos, favores cruzados entre empresarios y el poder, y un estilo de vida de la dirigencia que parecía orbitar en una realidad paralela, completamente desconectada del bolsillo de los argentinos. Mientras los comerciantes, trabajadores y jubilados hacían malabares frente a las góndolas, el universo del poder se hamacaba entre fiestas, privilegios, finanzas opacas y personajes que saltaban sin pudor entre la política, los negocios y el espectáculo.

El dilema del espejo retrovisor

Las críticas hacia la gestión de Javier Milei son legítimas y el debate sobre el rumbo económico de la Argentina no solo es necesario, sino fundamental. Lo que resulta difícil de digerir es que pretendan subirse al púlpito de los salvadores quienes defendieron las SIRA, profundizaron el cepo y agravaron cada uno de los desequilibrios que hoy crujen.

La Argentina arrastra problemas estructurales profundos, pero la solución difícilmente aparezca en el baúl de los recuerdos que nos trajo hasta acá.

Por eso, la discusión de fondo no es Milei o Massa, ni libertarios contra massistas. El verdadero desafío del país es romper el bucle: definir si seguiremos atrapados en el mismo elenco estable de dirigentes y estructuras que se turnan en el poder desde hace décadas sin resolver una sola crisis de fondo.

Buscar respuestas en el massismo no es una alternativa de futuro; es tropezar con una experiencia cuyos costos todavía estamos pagando. La salida no es para atrás.