La pasión mundialista vuelve a paralizar a la Argentina. Sin embargo, detrás de la euforia colectiva, dos historias reclaman memoria, verdad y justicia. Porque los goles emocionan, pero las heridas siguen abiertas.

Editorial de opinión

La Selección Argentina llegó a Estados Unidos y el país volvió a entrar en ese estado de excepción emocional que provoca el fútbol. Durante algunas horas, quizá algunos días, las preocupaciones cotidianas quedarán suspendidas. Las redes sociales hablarán de Messi, de Scaloni, de las posibles formaciones y de las chances de volver a conquistar el mundo.

Y no hay nada malo en ello. El fútbol forma parte de nuestra identidad colectiva. Nos une, nos emociona y nos permite soñar.

El problema aparece cuando esa pasión se convierte en una especie de anestesia social.

Porque mientras millones de argentinos cuentan las horas para el debut mundialista, una familia cordobesa intenta comprender el horror detrás del brutal asesinato de Agostina Vega. Mientras las cámaras apuntan a los estadios estadounidenses, la Justicia vuelve a enfrentarse a una de las causas más estremecedoras de los últimos tiempos.

Y mientras los programas deportivos ocupan horas enteras de transmisión analizando tácticas y esquemas, comienza el juicio por la desaparición de Loan Danilo Peña, el niño correntino cuyo paradero sigue siendo un misterio y cuya ausencia se convirtió en una herida abierta para todo el país.

Dos historias distintas. Dos tragedias inmensas. Dos casos que deberían conmover a la sociedad mucho más de lo que lo hacen.

Pero Argentina tiene una capacidad asombrosa para correr el foco.

La indignación dura poco. El espanto dura menos. Las víctimas desaparecen de las pantallas con una velocidad alarmante. Lo que ayer parecía insoportable, hoy queda relegado a una columna secundaria o a unos pocos minutos en un noticiero.

No se trata de culpar al fútbol. Sería una simplificación injusta. El problema no está en la pelota. El problema está en una sociedad que parece haber naturalizado que las tragedias tienen fecha de vencimiento mediática.

Agostina ya no ocupa las portadas de todos los diarios.

Loan ya no abre todos los noticieros.

Sin embargo, para sus familias el tiempo no pasó. El dolor sigue intacto. La ausencia sigue ahí. La necesidad de justicia sigue siendo urgente.

Quizás el verdadero desafío no sea elegir entre el Mundial o las tragedias que golpean al país. Quizás el desafío sea demostrar que somos capaces de celebrar un gol sin olvidar a las víctimas, de emocionarnos con una camiseta sin dejar de exigir respuestas, de seguir un partido sin apagar la conciencia.

Porque los mundiales terminan.

Los festejos pasan.

Las copas vuelven a las vitrinas.

Pero las familias que buscan justicia seguirán despertándose cada mañana con las mismas preguntas que hoy todavía no tienen respuesta.

Y eso debería importarnos tanto como cualquier resultado.

  • POR AF PARA CONFIRMADO